domingo, 2 de enero de 2011

“TRUJILLO Y YO”

Los comentarios acerca de las memorias de Johnny Abbes que ha ofrecido en días recientes la experimentada periodista e investigadora Angela Peña, en su columna “Media Naranja”, y que publica en este periódico, nos han recordado un breve encuentro que sostuvimos con ese decisivo personaje en la última etapa del régimen trujillista.

Lo tratamos por única vez en la ciudad de Puerto Príncipe, cuando nos desempeñábamos en calidad de administrador de la Compañía Dominicana de Aviación, durante el primer período de gobierno del doctor Joaquín Balaguer por elecciones abiertas; esto es, a partir del primero de julio del año mil novecientos sesenta y seis.

A finales de ese año decidimos la reapertura de la ruta aérea hacia Haití y por tal razón hacíamos visitas con relativa frecuencia a la capital haitiana. Para aquel tiempo residían allá muchos ex agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), que habían huido de Santo Domingo al desintegrarse aquel gobierno de opresión al cual sirvieron. Entre esos antiguos miembros del intimidante organismo de control ciudadano que se encontraban en el vecino país, había dos con quienes mantuvimos vinculaciones de amistad antes de pertenecer a la terrible represiva institución del Estado ya señalada.

Uno de aquellos ex-agentes de seguridad pública lo era Hugo del Villar, mejor conocido como “El Tigre de Bonao”, bautizado con ese nombre por su agilidad y gran estilo en la lucha libre, deporte en que había sobresalido cuando esa práctica comenzó a desarrollarse en el país al final en los inicios de los años cincuenta. Para aquel momento, teníamos una grata relación de amistad; vivíamos nuestras mocedades y hacíamos gala de incipiente hombría en los prostíbulos de la calle Jacinto de la Concha, cuando el país no soñaba con la existencia del SIM y Johnny Abbes, tal vez era un miembro entusiasta e inteligente de la prensa deportiva.

El otro calié lo fue Carlos Manuel García Mendieta, al quien conocimos cuando ambos trabajábamos en “La Voz Dominicana”. Orador grandilocuente y poeta; conversador agradable y poseedor de apreciable cultura, a quien sus compañeros en la cátedra de Derecho tenían por un estudiante brillante de la carrera. Para la invasión de junio del 59, abandonó el empleo y comenzó a dejarse ver en uno de los cepillos del SIM en rondas de intimidación

El ex coronoel del Ejército Nacional, Johnny Abbes García, quien fue jefe del Servicio de Inteligencia Militar, era el personaje de mayor relevancia entre aquel éxodo compuesto por hombres que alguna vez fueron propiciadores de terror, de flagelación y muerte. Abbes García, mantenía distancia de los demás y su experiencia le había puesto al servicio del doctor Francois Duvalier, el taciturno médico que gobernaba Haití, y fiel émulo de la práctica trujillista.

La tarde que llegamos a Puerto Príncipe para organizar la apertura de la estación aérea compartíamos con algunos de nuestros acompañantes en el bar que se encontraba en el vestíbulo del hotel “Caban Chocoune”. Envueltos en la trivialidad de las conversaciones que esos ratos ofrecen, vimos llegar al lugar un hombre regordete y de ojos saltones, desgarbado y de “pesados andares”, como decía García Lorca de sí: Vestía chacabana blanca que lucía larga y holgada en su anatomía desajustada. Uno de nuestros acompañantes, hombre de carácter extrovertido, le llamó por su nombre con familiaridad. Esto nos permitió identificar al recién llegado, quien no nos había parecido del todo desconocido.

Nos fue presentado por quien le había saludado y a la vez le invitó a integrarse al grupo de celebrantes. Cuando hubimos terminado allí el festejo, él quiso que le acompañásemos a su casa, a lo cual accedimos y junto a algunos de nuestros acompañantes compartimos en su hogar por algún rato y en medio de la conversación escuchamos de sus labios expresiones de amargura contra personajes que habían adquirido relevancia y poder de arbitraje en la vida nacional desde distintos escenarios durante la Era de Trujillo y que, según Abbes, tenían tantas culpas como las suyas en la desbordada represión del régimen en su etapa final; empero, su actuación, la de él, había estado normada por la responsabilidad institucional que le cabía en el sostenimiento del régimen a lo que se entregó con celo absoluto.

Por un momento se levantó para buscar un voluminoso legajo escrito a maquinilla y que había titulado “Trujillo y Yo”. Leyó brevemente algo de su contenido. Mientras lo hacía, pausaba para decirnos que su libro le permitiría al pueblo dominicano conocer en verdad a todos los grandes responsables de los momentos aciagos que vivó en los últimos años de la “Era de Trujillo”, para que pudiera repartir las culpas de esa gran tragedia nacional que constituyó aquel régimen, particularmente en su etapa final.

Hasta leer las entregas de Angela Peña, creíamos que esos testimonios escritos por un actor excepcional de aquel trágico período habían desaparecido entre las llamas de su casa cuando fue incendiada, luego de su autor ser ejecutado por su participación en un complot fallido contra el presidente Duvalier. Entonces pensamos que era una pena que el pueblo dominicano se hubiese visto privado de aquel legado, el cual tenía derecho de conocer. Ahora que han aparecido esas vivencias, tenemos la misma idea en cuanto a que sean expuestas al conocimiento público, igual como lo pensamos hace más de tres décadas


22 de noviembre de l999